
Cuando me enteré que Mark Neveldine y Brian Taylor se iban a hacer cargo de esta secuela, o reinvención del motorista fantasma, después de la entretenida pero light primera versión de Mark Steven Johnson, me alegré mucho y esperaba como loco a que la estrenaran en cines, más después de ver el trepidante trailer y saber que eran los directores de dos de las más divertidas y alocadas películas de acción de los últimos años: el díptico Crank, veneno en la sangre y Crank: Alto voltaje. Con Gamer también nos lo hicieron pasar bien aunque no quedó tan redonda, pero en las escenas de acción y lo visual no decepcionó. Ahora llega este Ghost Rider y uno no sabe como tomárselo, la estética del motorista está infinitamente más lograda que la anterior, resultando mucho más siniestra, Nicolas Cage esta vez no lleva peluquín con flequillo a lo Justin Bieber ni abdominales digitales, también es de agradecer. Hay más violencia y acción coreografiada a lo John Woo o Matrix y mucha, mucha más locura, y eso también debería mejorar un film que en absoluto hay que tomárselo tan en serio como un Batman de Christopher Nolan, pero en este caso se han pasado de ida de olla, la película parece haberse rodado bajo los efectos de alguna droga adulterada y sufre de una esquizofrenia bestial. Es impresionante, explosiva y trepidante a ratos y cutre, exagerada, kitsch y propia de una serie Z de Lorenzo Lamas o Michael Dudikoff en muchos otros momentos. Las escenas de acción son potentes, aunque confusas en algunos planos a lo cómic-por suerte pocos-, con el plano difuminado y fondos oscuros-debido seguramente a que ésta ha costado la mitad de presupuesto que la primera parte y había que disimular ciertos aspectos-, que no hacen si no marear e impedir ver qué pasa. Y los actores, pues Ciarán Hinds, el excelente secundario de la serie Roma o actualmente visto en La mujer de negro no hace más que el ridículo en su papel de enviado de Satanás, poniendo en alguno casos cara de estreñido. A lo de Cage estábamos acostumbrados, pero es que aquí sobreactúa enloquecido y desfasado como en los tiempos de Besos de Vampiro-ver las escenas en las que está a medio transformar subido a la moto- pareciendo más un dibujo animado de la Warner, y ni hablar de Christopher Lambert, en un desaprovechadísimo papel de monje sectario que apenas aparece un minuto en el film. Las localizaciones en Europa del Este tampoco ayudan-otra vez seguramente debido a la falta de presupuesto-, hay demasiado efecto CGI, alguno logrado, otro cantón, y los directores son únicos rodando las escenas de acción, pero no en lo demás, notándose una dejadez total en la dirección. Así que lo mejor en este caso es dejarse llevar por esta alucinógena Grindhouse, por momentos muy entretenida y cachonda-el motorista meando fuego-y olvidarse de los prejuicios, es un film para poco exigentes y a poder ser puestos de ácido o alguna sustancia psicodélica-ver las triposas alucinaciones del motorista en el templo, con su silueta vomitando cadenas-. Una adaptación del cómic por momentos alucinante, y por momentos ridícula.

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